Hay un reconocimiento personal tácito en el acto de registrar el ciclo. El tiempo dedicado, la paciencia para aprender, la satisfacción de un hábito nuevo y sano.

El modelo Creighton enseña a poder registrar el ciclo de manera estandarizada, y así lograr entenderlo. El registro y la interpretación no es algo intuitivo, ni es tampoco un algoritmo que “predice” cómo se va a comportar el cuerpo. 

Requiere un tiempo de adaptación y de educación. Las observaciones se realizan de cierta manera, se registran con un sentido específico: lograr una interpretación fiel de los eventos cíclicos del cuerpo. La mirada de la mujer se entrena para entender qué signos buscar y cómo llevar un registro. 

Pero, no es solo eso. 

La mirada se va modificando, y no por las observaciones. Es el ejercicio de tener presente al propio cuerpo. El tiempo y la atención que se dedica, eventualmente van modificando la mirada que uno tiene sobre su cuerpo. 

Sin darnos cuenta, muchas veces se filtra un sentido utilitario que tenemos de nuestro mismo cuerpo: “Quiero que el cuerpo me sirva para esto o lo otro, quiero obtener estos resultados“. Exigirle resultados, objetivos, usos… Pero tenerlo presente hace que lentamente se abandone el sentido utilitario, hacia una mirada de aprecio. Aprecio por lo que el cuerpo es, y lo que el cuerpo da. Es un ejercicio aprender a darle a salud que le corresponde. 

Ejercer la paciencia para esperar que el cuerpo como se muestre, interpretarlo, y darle el cuidado que merece, se recompensa con una transformación en la mirada sobre uno mismo. 

Es un camino largo, a veces imperceptible y no siempre lineal. Valorar el cuerpo sin un sentido utilitarista es animarnos a mirarnos, y nuestro vínculo esencial y personal con el cuerpo, y animarnos a una nueva mirada.