Aprender a mirarnos

Aprender a mirarnos

El modelo Creighton enseña a poder registrar el ciclo de manera estandarizada, y así lograr entenderlo. 

El registro y la interpretación no es algo intuitivo, ni es tampoco un algoritmo que “predice” cómo se va a comportar el cuerpo. 

Requiere un tiempo de adaptación y de educación. Las observaciones se realizan de cierta manera, se registran con un sentido específico: lograr una interpretación fiel de los eventos cíclicos del cuerpo. 

 

La mirada de la mujer se entrena para entender qué signos buscar y cómo llevar un registro. 

 

Pero, no es solo eso. 

 

La mirada se va modificando, y no por las observaciones. 

Es el ejercicio de tener presente al propio cuerpo. 

El tiempo y la atención que se dedica, eventualmente van modificando la mirada que uno tiene sobre su cuerpo. 

 

Hay un sentido utilitario que tenemos de nuestro mismo cuerpo, incluso sin darnos cuenta. Quiero que el cuerpo me sirva para esto o lo otro, quiero obtener estos resultados. Exigirle resultados, objetivos, usos… y muchas veces, sin prestar mucha atención. 

 

Pero tenerlo presente hace que lentamente se abandone el sentido utilitario, hacia una mirada de aprecio. Aprecio por lo que el cuerpo es, y lo que el cuerpo da. Es un ejercicio aprender a darle a salud que le corresponde. 

 

Ejercer la paciencia para esperar que el cuerpo como se muestre, interpretarlo, y darle el cuidado que merece, se recompensa con una transformación en la mirada sobre uno mismo. 

 

Es un camino largo, a veces imperceptible y no siempre lineal. Es difícil valorar el cuerpo sin un sentido utilitarista. Es animarnos a mirarnos, y nuestro vínculo esencial y personal con el cuerpo, y animarnos a una nueva mirada.

Un enemigo desconocido en la entrega sexual

Un enemigo desconocido en la entrega sexual

Cuando uno ama de veras, no ama de manera parcial; es decir, no busca fragmentar al otro quedándose sólo con lo que a uno le gusta. Por el contrario, uno acepta el desafío de amar absolutamente, y busca ser amado en la misma medida. En una relación sexual, uno está llamado a experimentar ese amor total: sentirse amado en toda su integridad, en toda su persona. Y uno está llamado también a amar en la misma medida. Sin embargo, cuando no se quiere un amor con todas sus consecuencias, la propia vitalidad de la sexualidad —que se expresa en la fertilidad— se puede volver un enemigo que “complica” esa entrega que debería ser total.

La salud que se vuelve en contra

La posibilidad de dar origen a una nueva vida es un singo de vitalidad y de salud, tanto del varón como de la mujer. Las leyes del cuerpo —las de la fertilidad— no están sujetas a nuestra voluntad. Por eso parece que complican las cosas. Cuando no se quiere tener hijos, se genera una tensión entre la salud del cuerpo y la “expresión del amor”, y no queda otra que “cuidarse” y resignarse a que la salud del otro sea un riesgo para el proyecto de ambos —en el que no hay lugar para un hijo—. La fertilidad es expresión de la salud de la persona, pero alguno tendrá que suprimir la suya propia para darle prioridad al proyecto de la pareja. La salud del otro o la propia se presentan así como un enemigo interno, que nadie sabe cómo ni cuándo terminará traicionando.

¿El amor sólo podrá tener lugar si se excluye la fertilidad? ¿La entrega se debe hacer con la resignación de suprimir algo de uno mismo o del otro? ¿La expresión del amor pasa de ser un acto de entrega a una actividad de riesgo de la que hay que “cuidarse”? Se presenta la paradoja: se busca expresar el amor con el cuerpo, pero el cuerpo mismo se vuelve un peligro para el amor. ¿Hay que cuidarse de la vitalidad y de la salud del cuerpo como si fuese algo malo?

De la ignorancia al conocimiento

Para que en una relación sexual se viva auténticamente el amor es indispensable conocer la fertilidad humana y aceptarla con sus reglas propias, y no considerarla como el “desconocido que traiciona”. La fertilidad del varón es continua, siendo la mujer la que tiene un momento de fertilidad por ciclo. En efecto, mientras que el varón produce sus células reproductivas en grandes cantidades y de forma ininterrumpida, la mujer produce solamente una célula reproductiva de manera cíclica. El momento de fertilidad de la pareja se dará cuando el espermatozoide tenga la oportunidad de fecundar el óvulo maduro. Esto marca que el tiempo de fertilidad de la pareja se dé una vez por ciclo. Esta realidad es el punto de partida para poder vivir plenamente la sexualidad, lo cual se hace posible gracias al uso de métodos naturales.

Ajustarse a los ciclos es un desafío porque el deseo de expresar el amor no siempre se ajusta a los ritmos de la fertilidad. La pareja está llamada a “abrazar” la fertilidad, y no vivirla con desconocimiento o con miedo. No se trata de buscar controlarla a voluntad, sino de conocerla y entender que el cuerpo tiene sus tiempos, aceptando que, en el fondo, no se posee el control absoluto. Cuanto mayor sea el conocimiento de la fertilidad humana, más segura estará la pareja de la vivencia de su propia sexualidad, y mayor será la entrega. No se trata de someter la naturaleza, sino de vivirla con una actitud de gozosa aceptación.

Este articulo fue escrito por nuestra instructora Teodelina Richards, para Ama Fuerte.

Valorar la vida y la fertilidad

Valorar la vida y la fertilidad

Nadie se dio a sí mismo la vida y, sin embargo, todos poseemos la capacidad de transmitirla. ¿Cómo debemos entender esta capacidad? ¿Cómo valorar adecuadamente la propia fertilidad? ¿Cómo valorar la nueva vida que se engendra? Aunque estas preguntas parezcan muy grandes, vale la pena reflexionar sobre ellas.

La persona humana da vida

La persona humana es fecunda en sí misma. Su propia interioridad se despliega generando vida nueva. Cada persona, con sus hábitos, introduce al mundo algo nuevo. Por ejemplo, los vínculos que genera la persona dan vida a nuevas amistades. Así, todos producimos continuamente nueva vida, generada por nuestro propio influjo vital. Nuestro mundo interior se despliega hacia los demás.

La persona humana es, además, fértil. Eso quiere decir que no sólo es fecunda en un sentido espiritual —o de vida interior—, sino que es además capaz de generar nueva vida humana. La vida que poseemos, somos capaces de darla. Esta realidad es física y biológica.

Valorar la fertilidad

Es fundamental valorar la fertilidad como un aspecto importante de toda persona. ¿Por qué? Aquí tres consecuencias positivas de apreciar la fertilidad:

1. Valorar la persona

Apreciar la fertilidad es apreciar la persona. La fertilidad no es exclusiva de quienes buscan un hijo, ni de quienes buscan evitar un embarazo. Tampoco es exclusiva de quienes están casados. Y esto es porque la fertilidad es salud. El cuerpo humano es un cuerpo fértil. Valorar la fertilidad, como realidad física, es valorar nuestro cuerpo, que es parte importante de nuestra realidad personal.

2. Valorar al otro

Si la fertilidad es salud, debe ser apreciada como algo bueno. ¿Quién no desea salud para la persona que ama? ¿Se puede amar a alguien, y no querer lo que es saludable y bueno para ella? Si bien esto se aplica a todos, es especialmente importante para los matrimonios. Apreciar la fertilidad se presenta como un antídoto frente al utilitarismo al que se puede volcar la vida sexual. Este utilitarismo puede manifestarse de dos formas:

a. Vivir una sexualidad sin fertilidad. Para evitar caer en una actitud utilitaria, quienes evitan el embarazo están llamados a reconocer la fertilidad y apreciar los tiempos de fertilidad e infertilidad natural. Esto les permitirá armonizar dichos tiempos con su vida sexual y conyugal.

b. Vivir una sexualidad de fertilidad solamente. Esto también puede llevar a una actitud utilitaria. Buscar el embarazo no debe reducir la sexualidad a la reproducción. La sexualidad implica la consideración del otro como una persona —y no un medio para conseguir hijos—, y debe ser una expresión de amor entre los esposos.

3. Valorar la vida

La fertilidad no es voluntaria. Es algo propio y bueno de la persona, y la educación sexual debe centrarse en esta perspectiva. Valorar la fertilidad implica reconocer la nueva vida como una auténtica posibilidad fruto del vínculo humano. Y esta posibilidad de engendrar vida no es algo que dependa de nuestras capacidades morales o intelectuales, ni de nuestros estudios, ni tampoco de nuestros esfuerzos: siempre es un don.

La otra persona no es un mero facilitador para tener un hijo, y el hijo no es la meta a cumplir. Solo apreciando la fertilidad bajo la perspectiva de la vida como don se aprende a valorar a la pareja y al hijo como personas, y no como objetos.

 

 

Este articulo fue escrito por nuestra instructora Teodelina Richards, para Ama Fuerte.

Tres actitudes en la espera de un hijo

Tres actitudes en la espera de un hijo

Muchas parejas se llenan de emoción cuando comienzan la búsqueda de un hijo. A la vez, suele haber cierta cautela, tratando de apaciguar el entusiasmo, pues hay un temor latente: que el embarazo no ocurra.

La infertilidad afecta a una de cada seis parejas, por lo que, incluso sin conocer las estadísticas, uno suele conocer alguna pareja que tenga dificultades para concebir. ¿Cómo vivir este tiempo de búsqueda? En los tres puntos siguientes, exploramos tres actitudes a tener en cuenta para este tiempo.

1. Hay que tener coraje y ser sinceros

Cuando el embarazo no llega, suele haber un manto de miedo que rodea a la pareja. ¿Habrá algún problema? ¿Será normal? ¿Tendríamos que consultar, o esperar? Todas estas preguntas van apareciendo muchas veces acompañadas de un cierto temor. No se suelen decir en voz alta porque cada uno teme asustar al otro. Sin embargo, como nunca, se requiere la sinceridad en la comunicación.

Uno debe encontrar las palabras y el tiempo para poder expresar los miedos, las intuiciones, y los deseos. Mantenerlos en silencio da lugar a proyecciones personales: “debe pensar”, “debe sentir”, “debe creer”. El matrimonio se nutre de los encuentros, y para esto se requiere una comunicación sincera. Si uno se cierra y da por sentado que sabe cómo la otra persona está viviendo esta situación, no hay lugar para un diálogo sincero.

Sin duda, existe el riesgo de no ser comprendido, o de asustar al cónyuge. Pero el matrimonio no es una garantía de que el cónyuge siempre tendrá una respuesta tranquilizadora y una seguridad avasallante. A veces, simplemente ambos tendrán miedo y se sentirán abatidos o desorientados. Lo saludable para la pareja será poder encontrarse también en la soledad o en el dolor. Por el contrario, será nocivo para ellos cerrarse como consecuencia del miedo.

2. La distancia también posibilita el encuentro

La infertilidad no suele vivirse igual. La mujer tiene una cercanía particular y una vivencia física de la espera del embarazo. Siempre será la mujer la primera testigo del sangrado que anuncia un nuevo ciclo y, por lo tanto, un nuevo “embarazo que no fue”. Ella debe ser quien comunique al varón. El varón siempre es notificado.

Esta vivencia física de la mujer, que muchas veces la siente y describe como algo palpable en su propio cuerpo, es un factor ajeno al varón. La distancia que se da en cómo lleva cada uno la fertilidad es fuente de tensión.  Las distintas maneras de vivir esta situación deben ser respetadas, y uno debe entender que ambos no lo experimentan igual.

Esta distancia, naturalmente generada, también es un espacio para salir de uno mismo hacia el otro. Solo se dará el encuentro si uno logra salir de su propia experiencia para encontrarse con el otro. Si bien no lo viven de igual manera, ambos están llamados a tratar de entenderse en sus silencios y sus llantos.

3. Reconocer el vínculo como fuente de la familia

Soñar con un hijo por mucho tiempo puede hacer que se confundan algunas cosas. Muchas parejas, lentamente, comienzan a creer que el hijo es quien da el título de familia. Esta idea termina convirtiendo los vínculos en intereses. Los cónyuges terminan siendo, el uno para el otro, un “proveedor” del embarazo, y el hijo termina siendo una adquisición. Esto muchas veces se da de manera sutil, pudiendo darse incluso durante largo tiempo; y así, pensar en el hijo que no llega inevitablemente genera desgaste.

Quienes esperen el embarazo, deberán  recordar siempre que lo que es la fuente de la vida familiar es la vida conyugal. Aquello que genera vida —y no en un sentido únicamente biológico— es el encuentro entre los esposos. Gracias a este encuentro, se despliega para ambos un nuevo mundo de intereses, proyectos y pasatiempos comunes. La esencia de la familia es el vínculo vivo y la entrega sincera de los esposos, que es lo que permite que se genere elhogaral que pertenecerá el hijo. El hijo, sea biológico o no, merece ser acogido en una familia, y no cargar con la exigencia de tener que transformar una pareja en una familia.

 

 

Este articulo fue escrito por nuestra instructora Teodelina Richards, para Ama Fuerte.

Lo más difícil es esperar

Lo más difícil es esperar

Muchos dudan en arrancar, a registrar el ciclo para buscar o evitar el embarazo, o para arrancar tratamiento de infertilidad. Lo ven como una tarea monumental o para especialistas. Una tarea a la que hay que dedicarle esfuerzo y estudio, un compromiso personal. Si bien eso es cierto, no es lo más difícil.Lo más difícil, es esperar.

El tiempo

Ni las instructoras ni los médicos Napro pueden cambiar el factor que tomamos como pilar fundamental de nuestro trabajo: el tiempo del cuerpo. No somos dueños del ciclo, no lo podemos acelerar, ni atrasar, si así lo quisiéramos. El ciclo tiene su tiempo, su desarrollo, su evolución propia.

Si realmente queremos aprender a reconocerlo, hay que esperar. Pero la espera, desafía…No solo a la pareja, o a la mujer que registra o que está en tratamiento. Instructoras y médicos, nos vemos desafiados también.

Esperar, es lo más difícil: que termine el ciclo; reconocer el tiempo de fertilidad; que vuelva la menstruación, que vuelva la fertilidad…Esperar el embarazo.

Nos muestra la información…

Pero, finalmente, el ciclo se muestra y se desarrolla. Con salud. A veces, sin. Como puede. Con sangrados inusuales, con tiempos de fertilidad que parecen invisibles, o fases más cortas…pero aparece.

Y, finalmente, tenemos la información.

Información que permite evaluar el ciclo. Comparar. Esa información nos muestra lo que pasa en el cuerpo. Información que nos educa. Información que necesitamos para sanar el cuerpo.

¿Es difícil aprender el Modelo Creighton? ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
No, no es tan difícil… pero desafiante, seguro.

 

 

 

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El vínculo es el origen de la familia

El vínculo es el origen de la familia

Formar una familia es lo que expresan muchos de los que se acercan a consultar por Naprotecnología. Naprotecnología es un tratamiento para parejas que sufren de infertildiad, pero no promete un hijo. No aseguramos que el tratamiento resulte en un hijo ¿Quién puede prometer eso?; ¿Quién puede garantizar un hijo? ⠀⠀⠀⠀
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Pero Naprotecnología si se compromete a:

  • 👉Educar a la pareja respecto de su propia fertilidad: Brindamos un servicio para reconocer cual es su tiempo de mayor fertilidad. La particular de cada pareja, en donde se considera  el ciclo de la mujer, y la calidad de los espermatozoides del varón. Enseña a reconocer que elementos forman parte de un ciclo sano, y cuales necesitan atención médica.

 

  • 👉 Buscar un diagnóstico. El embarazo es consecuencia de un varón y una mujer sana… por el contrario, no lograr concebir naturalmente indica una falta de salud. Naprotecnología trabaja para encontrar aquello que impide que el embarazo ocurra naturalmente, y busca lo restaurarlo.

 

  • 👉A que todo estudio y tratamiento sea con el fin de buscar la salud e integridad de la pareja, y nunca en contra de ella. Ningún estudio se pide si no contempla el bien integral de la persona.

 

  • 👉Trabajar en favor del vínculo. El vínculo de la pareja es lo que primero debe resguardarse y proteger. La educación, los tratamiento, todo busca mejorar el vínculo, y enriquecerlo, dado que el origen de la vida humana, es el vínculo que se da en la pareja. El vínculo es el primer hogar del hijo. Si el tratamiento para la infertilidad trata al cuerpo como una “cosa”, y no una persona, termina desvinculando y dividiendo, primero al paciente, y eventualmente, distanciando a la pareja. Si el tratamiento aleja a la pareja uno de otro, ¿A dónde va a nacer ese hijo? Ningún tratamiento es más que ese vínculo, fuente de vida y principio del hogar.

 

 

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